
Los profesionales están recibiendo instrucciones para aplicar esta fórmula y no sólo están perplejos sino sorprendidos por el lenguaje que se está imponiendo en la gestión sanitaria. ¿Con qué argumentos se dice a los familiares de un paciente que no puede hospitalizar en una determinada unidad a su pariente porque la habitación, la planta o el servicio están siendo gestionados de manera subóptima? A pesar de que el ciudadano sabe y comprueba que la planta está vacía, la habitación se puede utilizar y hay recursos disponibles, los gestores fuerzan el desplazamiento para aplicar medidas subóptimas.
Los nuevos sistemas de medicina gestionada han concedido tal poder a los gestores económicos de los centros sanitarios que los profesionales de la Medicina, Enfermería o los cuidados en general no sólo se sienten impotentes, sino indignados y desanimados. El contacto diario con los pacientes no lo tienen los gestores sino los profesionales sanitarios, a ellos corresponde atender, responder y, a veces, fingir una respuesta prudente. Entonces empiezan las trampas de una gestión subóptima.
El famoso óptimo de Pareto ha sido sustituido por el subóptimo de Lipsey-Lancaster con el cual se buscan las mejores soluciones posibles, aunque no se den las condiciones necesarias. De esta forma, se busca hacer lo mejor posible algo (atención sanitaria) aplicando algo que no debería hacerse (reducir servicio, plantilla, coste). Las soluciones subóptimas precarizan organizaciones y son trampas de culturas organizativas complejas cuyos líderes ignoran la dimensión ética de las instituciones sociales y sanitarias. Trampas para reformas institucionales rápidas con las que puede afrontarse el inmovilismo organizativo pero con las que nunca se incrementa la riqueza de los pueblos y el aceite que engrasa la vida institucional: la razonable confianza mutua.
Agustín DOMINGO MORATALLA Para el viernes 17 de Mayo de 2013, en LAS PROVINCIAS. GRUPO VOCENTO